Es difícil mantener el glamour y la sonrisa alcanzados durante el fin de semana cuando eres working boy o working girl (no quedan tantos, no te creas). Todo lo que has levantado en dos días, se derrumba estrepitosamente cuando tienes una reunión el lunes a las ocho de la mañana para empezar la jornada. Ya sea sorteando el tráfico, a las señoras del bus o a los cantantes improvisados del metro (van en aumento), la realidad te golepea sin misericordia alguna y deseas viajar atrás en el tiempo como un personaje extraviado en una isla remota. Y así continúa el día, sin poder dedicarte a lo tuyo, a lo que te da satisfacción y mayor gloria, lo que mejor sabes hacer: vivir la vida. Pero amiga, eso es algo que se lleva encima incluso en los momentos más comprometidos, ¿verdad?
Dirás que estoy divagando, pero “no, que va, mi amor, quítatelo de la cabeza”. A donde quiero llegar es que la perspectiva de un próximo brunch con benedictos (¡suena taaan papal!) en esos sitios que me recomiendas, es una de esas imágenes que sirven como meta para superar esta travesía del desierto. DIrás que siempre me lamento, pero es que por aquí a veces nos tenemos que conformar con la churrería de la esquina o el pincho de tortilla grasi-grasi en un bareto lleno de humo apestoso ya desde el alba. Vas a comparar. Mejor no.
Desde Madrid